Merece una leve sonrisa el hecho de que, en cuanto a las editoriales que trabajan para un público infantil, se realizan ilustraciones en donde se considera a estas criaturitas como simples legos, apasionados simplemente por el color de las impresiones que yacen en sus manos. ¡Como si les importara en algo a los párvulos la forma y el contenido!, es la sentencia con la cual subestiman e imponen sus intenciones. El estilo de las ilustraciones en muchos de sus autores que por más que intentan imitar el pintar de un niño, resulta estéril, artificial e insultante para los mismos niños, preciso es recordar que se necesita «todo una vida para aprender a pintar como un niño». Sublime mascarada se entreteje entre instituciones de gobierno, editoriales e ilustradores.
Pero las carcajadas se abarrotan al punto de causar ahogo cuando uno encuentra que la misma lectura implica una brecha social en diferentes sentidos. En efecto, por un lado la más obvia es la que se presenta entre aquellos que saben y no saben o incluso sabiéndolo hacer no leen por elección propia. Digo estas dos últimas palabras y no placer, ya que este último, forma parte de ese mismo vocabulario empleado por las políticas públicas en asociación con el mercado editorial para supuestamente generar placer en y por la lectura. ¡Como si un libro al generar placer – suponiendo que esto es posible – produjera orgasmos mentales! Beneficio de una interpretación amañada al trabajo de Barthes, lástima que gran parte de los textos producidos no solamente son mudos sino que también son frígidos e insensibles, e incluso muchos de ellos pretenden el uso de la pastilla azul del marketing. Sin embargo, si desea darles el beneficio de la duda a este tipo de textos, le sugiero que en su siguiente relación sexual utilice un libro como afrodisíaco.
La otra brecha, representada por el tradutore traidore, el cual en muchas ocasiones presenta ante nosotros el suculento manjar de su interpretación sobre el autor al cual ha ejecutado con el sadismo de un verdugo y no con la delicadeza de un intérprete. Por mucho que domine la anatomía de las lenguas, poco sabe de la suculencia temática de las damas que las poseen.
Una tercera brecha, y sobre la cual recae la mayor condena moral, si es posible tal, recae sobre las decisiones editoriales, que al expresar su sentido social por promover una “lectura barata”, contratan mercenarios de la lengua, que conducen a la producción de “contenidos baratos”, o mejor dicho “bulímicos”, han arrojado gran parte de su alimento.
Mientras, del otro extremo de esta misma balanza, se encuentran los que prometen con ediciones de lujo, un contenido de primera, lo más apegado a la versión original, con un estudio previo que posibilita el acercamiento al contexto y al mismo lenguaje, sus formas, variaciones, y decisiones.
Y así se nos impone una decisión binaria, entre el leer a un Platón, un Aristóteles, o cualquier otro cuyos derechos se encuentren libres o que sea muy conocido para ser digno de traducirse, muy distinto entre aquella edición barata de fácil acceso a la mayoría y aquella otra editada en pasta dura y que sigue la magnificencia de traducciones especializadas. En contraste se cuenta con textos muy diferentes, los que invierten poco dinero en un libro tendrán una idea sobre el texto, mientras los que exaltan la dicha de su libro de lujo leen otra versión de aquello que recibe el mismo nombre.
Entre las implicaciones a esta situación se encuentran la incapacidad para entablar un diálogo bajo las mismas bases, puesto que se tienen referentes distintos originados por causas distintas al estudio de los textos, los cuales pueden llevar a contradicciones, siendo mayormente perceptibles en lo educativo. Por lo mismo, resulta entonces obligada la pregunta ¿según que edición? ¿la traducción de quién? Tales preguntas, resultan ricas de responder cuando se genera un trabajo de “lectura profesional” en el cual se busca la comparación de los mismos, en dónde se investiga además el contexto del cual nacen, y con sentido cuando los textos no corresponden a intereses netamente económicos.
Una “mente perspicaz” pretenderá como solución que una persona consiga los textos originales para evitar tal problema, y es cierto, en muchos casos se pueden conseguir los textos originales tanto en ingles desde el siglo XVIII hasta principios del XX, y textos originales en latín, a través de Internet. Sin embargo, tal situación hace evidente otro problema, ¿cuántos pueden entender el texto original?, esto es, mucho antes de generar una lectura y una interpretación, ¿cuántos se encuentran en la capacidad de entrar o cambiar de un dominio a otro?
Al final de cuentas, se entremezclan discursos sin fondo, intereses y ventajismos, capacidades e incapacidades personales, así como ignorancias, que complican la manera de acercarse a un texto que resulta realmente difícil de aprehender.
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