
I
La crisis intelectual de España, su actual postración e impotencia se desarrollan paralelamente a la debacle general económico-política. La anemia mental de una burguesía en estado de descomposición se refleja en su decadencia intelectual, en el raquitismo de que da pruebas evidentes en la manifestación de sus actividades intelectuales.
Lo que comúnmente se llama la civilización, es decir, el arte, la ciencia, las grandes creaciones del espíritu, surge cuando una clase social llega al cenit de su desarrollo. A medida que la clase empieza a declinar, comienza asimismo su decadencia espiritual.
A cada clase corresponde su intelectualidad propia, su arte característico, cuya evolución se halla íntimamente ligada a las transformaciones sociales.
La frase corriente “las letras siguen al Imperio” es una verdad histórica incontrovertible, si por Imperio se entiende el apogeo de una clase determinada. Con frecuencia una explosión artística puede ser el anuncio vital de una clase que todavía no ha conseguido conquistar totalmente el poder, pero que está en vísperas de ascender a él.
La floración primaveral es el heraldo de un otoño fecundo. Lo que en la civilización moderna se llama “el siglo de oro” constituye el acto de presencia de la intelectualidad burguesa, bajo el dominio político del feudalismo.
La burguesía ha tenido dos momentos en su evolución artística: el primero cuando ella se lanza a la conquista del mundo –siglos XV, XVI y XVII- y el segundo -fines del siglo XVIII y siglo XIX- cuando aparece con todo el esplendor de su potencia.
A la revolución burguesa le precede y le sigue una irradiación artística, como la aurora y el crepúsculo de un día de batalla.
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