Te he atrapado, viejo. ¡Estás frito! No conseguirás escaparte de mis garras. Pronto, muy pronto, tu rostro se tornará del color de la cera, tus ojos se enturbiarán y las pupilas aparecerán dilatadas.
No volverás a reír, ni a llorar. Cuando tengas que alimentarte no sabrás cómo hacerlo, porque te habrás olvidado de los movimientos necesarios para poder masticar y tragar. Perderás piel, pelo, músculos, huesos, sangre.
Como un espectro caminarás sin rumbo, tropezando aquí y allá, llevándote las cosas por delante. Día y noche andarás sin pronunciar palabra o mascullando frases incoherentes. Así te veré hasta que tu corazón estalle.

Aunque pensándolo mejor, podría evitarte el fastidio de tanto caminar y postrarte en una silla, con un cuaderno y un lápiz en tus manos; entonces te vería escribir como un autómata, durante interminables horas.
Al terminar un cuaderno, inmediatamente te daría otro y también otro lápiz si te hiciese falta, para que tu escritura fuera como un libro de arena, infinita, infinita... Estarás oliendo a sebo, sudor, orina, caca, pero no lo sabrás... Afuera el mundo seguirá rodando con sus risas y llantos; no te importará.
Vendrán tus amigos a visitarte; no los reconocerás. Alguna vez se cansarán de ti y no regresarán nunca más; tampoco te importará. El reloj continuará dando sus campanadas; no las escucharás.
El espejo te reflejará como una piltrafa humana; no te verás... Sin embargo, un día me apiadaré de ti.... Alguien vendrá a llevarte por las indiferentes calles hasta un camposanto alejado de los ruidos de la ciudad y por fin descansarás. La sombra se va, aunque sin haberse olvidado de dejar grabado su nombre con letras negras en la cabecera de mi cama: “Alzheimer”.
de “SOMBRAS” Beatriz Martínez; Salta, 2004