“Eres un maricón, aquí no entras”. Éstas fueron las fieles palabras, acompañadas de múltiples vejaciones verbales (y casi físicas sino llega a ser frenado por su compañero) e hirientes comentarios de la misma índole, con las que un portero de discoteca apeló a mi condición sexual para no permitirme la entrada
. Pero no quisiera reseñar brevemente esta historia sin antes presentarme: soy un estudiante de veinte años, que lleva tres en Salamanca, y nunca había sufrido verdaderos problemas por mi inclinación sexual; pues sí, debo reconocerlo, soy homosexual.
Y ésta es la única razón por la que el jueves pasado no pude entrar con mis amigos en una discoteca céntrica de la capital, concretamente en Kandhavia; es obvio, yo no podía codearme en un sitio en el que el portero, al igual que todo el mundo al que él le cedía el paso, eran eminentemente unos grandes “machos ibéricos”.
El único cierre que puedo aportar es la inseguridad, el miedo y el desamparo que sentí, y aún en este momento horas después, siento. ¿Volverá a ocurrirle a alguien de nuevo pero con un final más trágico?
