G. K. Chesterton
de Ortodoxia

Contestóme muy cortésmente que había, sin embargo, muchísimos que, con creer en sí mismos, no estaban en los manicomios. "Sí que los hay -le retruqué-, y usted debe conocerlos mejor que nadie.
Aquel poeta borrachón cuyas espantosas tragedias no puede usted tolerar, ése es uno de los que creen en sí mismos; aquel viejo ministro que le obligó a usted a esconderse en un desván por miedo a que le leyera su poema épido, ése también creía en sí mismo. Si usted consultara su experiencia de los negocios humanos, y no su filosofía tan feamente individualista, reconocería usted que el creer en sí mismo es uno de los síntomas más inequívocos y comunes de la degeneración.
Los actores incapaces de representar, ésos son los que creen en sí mismos, así como los deudores que no pagan. Mucho más cierto es asegurar el fracaso de un hombre porque cree en sí mismo, que augurar su éxito. La plena confianza en sí mismo, aparte de ser un pecado, es también una debilidad.
Creer demasiado en uno mismo es una creencia histérica y supersticiosa, como creer, por ejemplo, en Joanna Southcote (2); y el hombre que por su mal la padece lleva escrito Hanwell en la frente como lo lleva ese ómnibus". A todo lo cual mi amigo el publicista replicó con esta objeción tan profunda como eficaz: "Bien; y si un hombre no debe creer en sí mismo, ¿en qué debe creer?". Y yo declaré tras larga pausa: "Para poder contestar a esa pregunta, no veo más remedio que irme a casa a escribir un libro".
(1) El autor se refiere al manicomio de Hanwell, en Londres (N. del T.)
(2) Visionaria inglesa (1750-1814) que hizo más de cien mil adeptos y cuyo culto se extinguió a fines del siglo XIX (N. del T.)
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