Justo cuando empieza el buen tiempo, a mi alma llega el glacial invierno.
Veo como el Estrecho se ensancha para crear falsas esperanzas a miles de hombres, mujeres y niños que huyen de la pobreza absoluta, entregados a una suerte dispar que, en buena parte de ellos, se cebará de manera fatal, ahogando sus esperanzas por alcanzar una vida más digna y torciendo sus destinos, sus existencias.
Y todos y todas clamamos a voz en grito en contra de ello.
Vemos con desasosiego las infames estadísticas que hablan del número de inmigrantes ilegales que llegan cada amanecida a nuestras costas, en trayectos cada vez más increíbles, en un intento por burlar los sistemas de control y que los conducen a parajes insospechados donde, en el mejor de los casos, quedan a merced de la incertidumbre y de cárceles infranqueables cuyos barrotes son Leyes llenas de razón, pero carentes de solidaridad con los que sufren.
A veces, las Leyes pueden ser frías, o quizá los hombres que las redactan. Pero están para ser respetadas. Es por ello que yo llamo a gritar y a luchar contra aquellas mafias insensibles, inhumanas y delictivas, que comercian con los seres humanos como fardos mercantiles a los que engañan a su interés y sin un ápice de sentimientos.
Esos malnacidos que violan todas las Leyes en aras de llenar sus arcas -riquezas que luego pueden ser utilizadas para otros fines de mayor calado delictivo- debieran ser puestos a buen recaudo, entre rejas de acero, empujados por la Ley a cárceles donde se pudran sus maldades por siempre jamás.
No son los inmigrantes ilegales los malos de esta película. Si yo estuviera en sus circunstancias, meramente no me perdonaría el no intentar huir de la miseria. Pero a esos canallas que trafican con ellos, timándolos y burlándose del resto de la humanidad, a esas mafias de tráfico humano, yo les plantearía una guerra sin cuartel y los metería en una patera con destino inequívoco: su desaparición de la faz de la tierra.