UNOS FALANGISTAS lo ejecutaron de un tiro y sepultaron su cuerpo anciano en una zanja. Ahora, 66 años después, 12 «brigadistas internacionales» llegados de 10 países devolverán los restos del profesor a su familia. Las excavaciones para rescatar a 49 desaparecidos del franquismo comienzan mañana
PABLO R. LAGO; ILDEFONSO OLMEDO Victorino Vega era 30 años mayor que su mujer. embarzada. Aquel niño también fue ejecutado en 1936. Dónde vas con eso?»
-«Voy a llevarle la cena a un potro que tengo en la cuadra»
El falangista cargaba en sus brazos un montón de paja seca. Esgrimía ante su interlocutor, con la impostura del criminal, una sonrisa socarrona. Victorino Cobo Vega nunca fue un potro manso, aunque el sicario de camisa azul le tuviera menos aprecio que a cualquier percherón moribundo.
La última noche de su larga y viajada vida, el maestro Victorino Cobo la pasó en una cuadra, rodeado sólo por bestias. «¿Cena? Tú ya no necesitas comer nada más», le habían dicho sus verdugos.Era su cruel manera de hacerle ver que le había llegado su hora.Le dieron el tiro de gracia al amanecer, y dejaron su cuerpo sangrante abandonado al pie de la antigua carretera que unía Ponferrada con Ourense. Amanecía el 21 de octubre de 1936.
Al viejo maestro de escuela de Orellán, en el Bierzo leonés, lo mataron con 72 años dos falangistas del pueblo vecino, Villalibre de la Jurisdicción. Alguien después -aún hoy nadie dice quién- abrió una fosa, al lado del camino, al pie de un viejo nogal, para sepultar por siempre su historia. Se equivocó. Dentro de unos días, don Victorino dejará de ser un desaparecido más de la Guerra Civil en España. Doce voluntarios procedentes de 10 países, atraídos al Bierzo por el llamamiento de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), excavarán su tumba.
Durante los 14 días que durará el campo de trabajo internacional, una polaca de 21 años, dos españoles, una veinteañera estadounidense, una francesa con nacionalidad israelita, una sueca, una mujer suiza de 72 años, un italiano de 37, un holandés, un checo y un francés, ayudados por cuatro arqueólogos, intentarán desenterrar -y reescribir desde postulados de paz, justicia y reconciliación- una historia contada hasta ahora con renglones torcidos. Dar también descanso eterno a los difuntos que fueron paseados. Y consuelo a unos deudos que, 63 años después de la guerra fratricida, siguen sin una tumba a donde ir a llorar a su ser querido.
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