Al cumplirse un nuevo año aniversario de la masacre perpetrada por la Aviación Naval sobre civiles indefensos, analizamos los nombres, el contexto y el objetivo que perseguía el brazo armado de los sectores antipopulares.
El 16 de junio de 1955 significó para muchos investigadores el inicio de la violencia política en el país. Violencia implementada para preservar los privilegios de clase que ciertos sectores vieron amenazados por el gobierno bárbaro peronista. El bombardeo de Plaza de Mayo, como así también, el ametrallamiento de civiles en las cercanías de la CGT, tuvieron como objetivo principal el derrocamiento del tirano. Para que Perón abandone el gobierno era necesario inocular el terror en sus seguidores.

Como señala el periodista y escritor Horacio Verbitsky, el objetivo de los bombardeo «fue imponer el terror, golpear en forma feroz e indiscriminada como escarmiento sobre el conjunto de la sociedad. Sólo así sería posible desmontar un modelo socioeconómico en el que el ingreso, y el poder, estaban repartidos de modo mucho más equitativo que en los años dorados de la oligarquía, a los que se intentaba volver».
La mañana de la cobarde agresión, las Fuerzas Armadas tenían programado un desfile aéreo sobre la ciudad de Buenos Aires. Esta demostración de profesionalismo, que se vio demorada por la neblina de la mañana, fue utilizada como cubierta por los conspiradores.
En horas de la mañana, cuando miles de personas se dirigían a sus trabajos, un ruido ensordecedor sobrevoló la Plaza de Mayo y sus inmediaciones. Ese sonido atronador provenía de los motores de 34 aviones que nublaron el cielo: 22 North American, 5 Beercharft, 4 Gloster y 3 Anfibios Catalina. Estos fueron los aviones que la Aviación Naval y la Fuerza Área utilizaron para descargar cerca de 9 toneladas de explosivos sobre la población civil.
Esta demostración de valentía de la Marina acabó con la vida de aproximadamente 350 personas y cerca de 2 mil heridos.
Los ocasionales paseantes del centro porteño y los militantes que se congregaban en la CGT para defender al gobierno jamás imaginaron que la muerte provendría del cielo. La búsqueda de lugares para guarnecerse de la muerte se llevó a cabo de manera desesperada. La Plaza de Mayo se había vuelto un pandemonium de hierros retorcidos, cuerpos despedazados, humo de explosiones, mujeres y niños tambaleantes por las bombas, centenares de personas alcanzadas por la metralla.
Luego de descargar los explosivos sobre la Casa de Gobierno (aquí impactaron 29 bombas, seis sin estallar y hubo 12 muertos y 55 heridos, entre civiles y militares), y la Plaza de Mayo los valientes muchachos de las Armada buscan refugio en Uruguay. Allí son recibidos como héroes por el gobierno de Luis Batlle Berres.

Tanto los vehículos particulares como los de transporte público son utilizados como improvisadas ambulancias para transportar a los numerosos heridos. Luego de colaborar en los traslados de los heridos del bombardeo, los seguidores del gobierno comienzan a congregarse en la CGT y de allí se movilizan a Plaza de Mayo. Por la noche se realizaron actos de saqueo e incendios en distintas iglesias de la ciudad. Curiosamente, o no tanto, estos hechos (la quema y saqueo de iglesias), son mucho más recordados por la cultura oficial que los bombardeos a Plaza de Mayo.
El intento asesino de las fuerzas armadas para derrocar al tirano logró su objetivo tres meses después. En septiembre de 1955 Perón deja el gobierno sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Encontraron una rotunda negativa aquellos que se acercaron a la CGT para buscar armas y utilizarlas para defender al gobierno peronista. Perón no solo renunciaba a la presidencia, también renunciaba a la lucha.
Sectores significativos de la sociedad (los jerarcas de la Iglesia Católica, la oligarquía ganadera, con la presencia de la Sociedad Rural como símbolo, la clase media burguesa, las plumas delicadas de las elites literarias, la izquierda dogmática, volviendo a cumplir su papel siempre funcional a los sectores que dice combatir) aplaudieron la entrega patriótica de los hombres de la fuerzas armadas para instaurar los valores elevados de la Moral, la Patria y Dios, ¿algunas coincidencias con el presente?
En el andamiaje ideológico de los golpistas del ’55, exultante de odio clasista, resentimiento y revanchismo, podemos encontrar una línea de continuidad a través de los años. Se pueden ver similitudes en los comportamientos de los golpistas de la Marina en el ‘55 y los asesinos y fascinerosos de la ESMA en el ’76. Basta con repasar algunos nombres de los participantes en distintos momentos históricos: Massera, Eduardo Invierno, Horacio P. Estrada, Carlos Carpintero y Carlos Corti.

Durante décadas el recuerdo de los caídos, sus nombres, sus vidas, fueron arrojados al olvido y nunca fueron reivindicados, salvo minúsculas excepciones, por la ortodoxia del Partido Justicialista (lo mismo podríamos decir de los fusilamientos de Valle y de José León Suárez). Para ser justos, con un poco de demora y luego de haber tomado un curso acelerado de Historia Argentina Contemporánea, el senador Juan Carlos Romero junto a otros prohombres del Partido Justicialista presentaron un proyecto solicitando la creación de una comisión para la investigación histórica del bombardeo de Plaza de Mayo el 16 de Junio de 1955.
En medio de tanto olvido se hace necesario recordar las líneas escritas por el periodista y militante Gonzalo Chaves en su revelador libro La Masacre de Plaza de Mayo (Ed. De La Campana): «Rescatar la identidad de las victimas es como el primer paso hacia la justicia. Esos cuerpos transformados en un frío número es necesario sustraerlos del anonimato y reconocerlos como ciudadanos con nombre y apellido, con una ocupación, una familia, una identidad política, social y religiosa. Se trata de evitar que esas personas, eliminadas materialmente, también sean borradas simbólicamente, como ocurría veinte años después con la figura del desaparecido».
Pablo Suárez,
Libres del Sur Echeverría
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