“En el siglo XX muchos políticos occidentales e intelectuales pensaron que la religión se estaba convirtiendo en algo marginal a la vida política. La fe era tratada como algo irrelevante en política exterior. En el siglo XXI, por el contrario, la religión está jugando un papel central. Este nuevo poder es consecuencia en su mayor parte de dos cambios: primero el fracaso de los credos seculares.
Segundo, aunque sobreviven algunas teocracias en el mundo islámico, la religión ha vuelto a escena como un asunto más democrático e individualista, un triunfo del marketing sorprendentemente en sintonía con la globalización. El secularismo no era tan moderno como pensaban muchos intelectuales, pero el pluralismo sí.
Esto hace que la religión sea una fuerza complicada con la que tratar. Los políticos destinados a tratar con la religión tienen que aprender dos lecciones. Una principal y otra pragmática. La principal es que la iglesia y el Estado deben permanecer separados. La pragmática tiene que ver con las guerras de religión. En parte por su obsesión por mantener la iglesia y el Estado separados, los poderes occidentales han sido muy reacios a buscar soluciones basadas en la fe para los conflictos religiosos.”
3 DE OCTUBRE DEL 2007